miércoles, 23 de abril de 2008

Lo frío de la sabana


Ni con los análisis.
Ni con las ecografías.
Ni tan siquiera cuando te enchufan por primera vez los altavoces y escuchas su corazón galopando a ritmo impensable, consigues entenderlo.
Luego vienen los cursos, las monitorizaciones, el hospital… todo rodeado de una especie de filtro que le cambia los colores, como en el cine americano.
Todo te parece muy verde.
Muy azul.
Vas coleccionando los lugares comunes que luego narrarás.
“Justo me crucé con una pareja de ancianos que lloraban, lo que es la vida…”
Pero la esencia, no la entiendes.

Y al rato, te dicen que enhorabuena, que todo cambió.
Y la ves, y le ves, y te pasa como cuando estás tan cansado que no puedes dormir.
Tan emocionado que no te puedes emocionar.
Le pones el meñique y lo agarra, y dices: “Ya está. Ya no me suelta”.
Y se te queda ahí agarrándote por dentro con su manita inconcebible.
Y le das un beso a ella.
Y todos actuamos como nos toca actuar en esta ceremonia del nacimiento.
Las pequeñas lágrimas que te toca mostrar.
Los nervios que se te caen por el doblez del pantalón.
Las muescas de la puerta por la que se la llevaron sabidas de memoria.

Pero ni siquiera cuando tus padres te hablan de ser padres, entiendes nada.

Y no lo haces hasta que, bien llegada la noche, cuando todos se han ido y estás a solas con ellos, les miras y les ves aprendiendo a ser dos, en lugar de uno.

Tú te quedas fuera mirando, como uno de esos ángeles de El cielo sobre Berlín, ayudando, haciendo la vida más fácil, soplando bellezas, pero fuera, al fin y al cabo…

Y la ves a ella, débil por el día irrepetible pero luchando por no dormirse, por aferrarse a la consciencia de tenerle cerca, con la cara vuelta hacia la cuna, con los ojos cabizbajos arrasados de sueño.
Y le ves a él, con apenas medio día de estar en este mundo, con la cara vuelta hacia el olor de ella, agotado de nacer pero luchando por no dormirse porque ya no siente su latido rodeándole.

Yo apago la luz.
El niño rompe a llorar.
Ella le susurra algo.
Se calma un poco pero poco.
Ella rompe a llorar.
Le susurro mimos.
Se calma un poco pero poco.
Yo rompo a llorar.

Ahora sí, lo entiendo.
Nada de lo que se puede decir podrá calmarnos.
Les tomo de la mano y los tres nos quedamos llorando bajito, acariciándonos el pelaje como animales huérfanos, asustados por lo frío de la sabana…

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Ahhh, que bella es la creación, que líquida, que sólida, que olorosa, que ruidosa, que omnipresente, que sufrida, ¡que barbaridad!

La creación siempre es un motivo para dar enhorabuenas, siempre y cuando se mantenga a prudente distancia.

Enhorabuena.

Siempre mío,
Capitán Mazas.

Marta dijo...

No son animales huérfanos, son manada, tres aprendiendo a ser tres.

Me gusto mucho este texto porque habla de la paternidad,
desde los ojos arrasados de sueño,
desde la inseguridad,
desde el mar que se queda en la almohada cuando se llora bajito,
desde lo frío de la sabana.

No he leído nunca un texto así, la gente habla de la paternidad de puertas para afuera, como si les diera miedo reconocer que tienen miedo.

Me impresiono, me encantó.

Don Nadie dijo...

Aquel día envié un mensaje a una amiga que decía algo así como "creo que este miedito que se me ha alojado en mi barriga y no me suelta es a lo que todos llaman ser papá". Pues algo parecido.

Muchas gracias, alma, por tu comentario, y al mazas por su enhorabuena siempre suya...